La reeducación

El desarrollo personal es un camino de mejora continuada y consciente que cada persona elige para lograr el objetivo de ser feliz y de cumplir con la misión que ha venido a realizar en la vida. Esto quiere decir que es una elección consciente, una decisión propia que construye un estilo de vida y que no admite retrocesos.


. Embarcarse en la aventura del crecimiento personal significa admitir que tenemos malos funcionamientos que hay que corregir; heridas que hay que sanar, y, finalmente, que tenemos cosas positivas que hay que potenciar.

La reeducación, objeto de este artículo, consiste en corregir funcionamientos de la personalidad que son percibidos como anómalos pues producen sufrimiento. Determinadas disfunciones de la personalidad las podemos corregir simplemente cayendo en la cuenta y tomando conciencia de la influencia negativa que ejercen en nuestra vida.

Algunos malos funcionamientos se expresan en forma de conductas socialmente aceptadas. Por ejemplo: dejarlo todo por ayudar al prójimo y luego sentirse no correspondido; quejarse continuamente y echar la culpa a los demás de lo que nos pasa; desvalorizar o controlar a los demás continuamente; fabricar realidades propias a partir de referentes reales o en su ausencia; basar la autoestima propia en la debilidad ajena; insistir constantemente en tener razón; hacer siempre lo que dicen los demás; perderse en detalles improductivos; juzgar la realidad negativa o positivamente de manera sistemática…

Mediante la reeducación lo que hacemos es caer en la cuenta de que un comportamiento concreto nos está perjudicando. Lo difícil es caer en la cuenta, ya que normalmente son conductas que aparentemente no presentan problemas para la persona. Quejarse una vez no es una catástrofe, sin embargo, una queja permanente puede perjudicar las relaciones y mermar las oportunidades de encontrar un trabajo mejor, una pareja, o simplemente de vivir experiencias vitalizantes.

En general, los comportamientos puntuales, por muy negativos que sean, no provocan fracasos personales. El fracaso deviene como consecuencia de la acumulación de pequeños comportamientos anómalos, de cuyas consecuencias puntuales no somos conscientes. Por eso, la diferencia entre el éxito y el fracaso es muy sutil. A priori, tan fácil es quejarse como no hacerlo, sentir alegría o envidia por el éxito ajeno, hacer ejercicio físico o ser sedentario, empacharse de televisión o ser selectivo… en términos de reeducación, lo importante es elegir bien las disciplinas que nos construyen y nos aportan energía y vitalidad.

Para localizar un comportamiento anómalo, se pueden hacer tres cosas. La primera consiste en preguntar a los demás sobre la imagen que les proyectamos, las cosas que no les gustan de nosotros o en que creen que podríamos mejorar. Preguntar a los demás es muy constructivo pero también puede ser engañoso. Las opiniones ajenas están condicionadas por la estructura sentimental de la persona que las emite, de modo que no siempre son objetivas. Además, la imagen que proyectamos, no siempre desvela nuestros sentimientos reales, de modo que el otro no siempre tiene una idea ajustada de lo que somos y sentimos ser. Por estas dos razones, lo inteligente es solicitar opinión pero confirmar la respuesta interiormente.

En segundo lugar, es muy importante la auto observación, para detectar las conductas repetitivas y desproporcionadas. Un comportamiento es desproporcionado y repetitivo cuando en un contexto determinado se manifiesta siempre; y, cuando el sentimiento que se genera no se corresponde con el estímulo que lo produce. Por ejemplo, si un familiar no llega a la hora prevista, pensamos en alguna desgracia con tal intensidad, que somos incapaces de desarrollar otras tareas con normalidad. O, si cada vez que debemos asumir un compromiso nos refugiamos en la autocomplacencia o la ensoñación y, después, nos sentimos culpables o inútiles.

En tercer lugar, se puede acudir a sesiones de formación especializadas en crecimiento personal o solicitar la ayuda de un terapeuta. La idea de corregir un comportamiento que no nos gusta es muy familiar y casi todo el mundo que aspira a ser feliz la practica: habitualmente, tres o cuatro malos funcionamientos predominan sobre el resto de la personalidad, que puede considerarse normal.

Existen dos circunstancias en las que el intento individual de reeducación no es productivo: cuando no aceptamos nuestros sentimientos y cuando no somos capaces de expresárselos a los demás.

En el primer caso lo que hacemos es negar el dolor que nos puede producir la aceptación de un sentimiento propio, pero claramente antisocial. Por ejemplo, desear ser como otra persona o tener lo que otra persona tiene, es un sentimiento muy común, que en el fondo está ocultando una resignación propia. La crítica destructiva es un comportamiento que frecuentemente oculta un sentimiento de malicia –desear el mal ajeno-; sin embargo, cuando alguien nos lo hace ver solemos negarlo, incluso con afirmaciones contrarias que además nos creemos firmemente.

En el segundo caso, lo que nos impide expresar nuestras emociones a los demás, es la posibilidad de fracasar en la interacción social. Para evitar o minimizar este riesgo, adjetivamos las situaciones o las personas con las que nos relacionamos, mediante un ejercicio de simplificación que se produce en torno a un valor concreto.

Por ejemplo, si alguien no nos contesta cuando le hablamos, le juzgamos en negativo en relación con el valor de la cortesía. Sin embargo, en función del contexto, está valoración puede cambiar: si es un proveedor lo calificamos de descortés; pero, si es un cliente, seguramente tenderemos a pensar que está muy ocupado con otros problemas. En definitiva, lo que hacemos es contextualizar las emociones en función de nuestra posición social, con el objetivo de lograr un sentimiento de armonía y bienestar interior desde el que poder desplegar nuestra capacidad relacional.

Sin embargo, las personas necesitamos de una cierta axiología de valor para ser felices; pues, de lo contrario, caemos en el relativismo incongruente, que nos deja a merced de la “marejada emocional” del momento. Una cosa es modificar nuestro sistema de valores en función de la experiencia que mantenemos con cada área de interacción; y, otra bien diferente, identificarse con el entorno hasta el punto de perder la identidad propia.

El desarrollo personal persigue mediante la reeducación equilibrar progresivamente estas dos dimensiones de la personalidad humana: el sentimiento y los valores morales. Cuando nos sumergimos en una dinámica de grupo, los riesgos de fracasar en la interacción desaparecen y el temor a aceptar nuestros sentimientos se minimiza al comprobar que no somos tan diferentes unos de otros. Entonces se genera un respeto y una aceptación de gran calidad.

Haciendo un simil marinero, las dinámicas de grupo nos permiten tomar conciencia del rumbo que deseamos dar a nuestra vida y nos facultan para elegir las velas más adecuadas en función de los vientos que soplen. La navegación es entonces más armoniosa y también más productiva, aún en medio de grandes tempestades. En definitiva, el secreto está reivindicar el derecho a equivocarnos para crecer y ser mejores personas.

Javier Revuelta
www.ebue.com

Consultor y formador en habilidades interpersonales

 

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